Crecí siendo la hija menor, la única mujer, con una mamá perfeccionista y exigente a quien nunca logré sentir que le era suficiente. Crecí sintiéndome fea, torpe, invisible. Convencida de que mi valor simplemente no era visible para los demás — y que si quería que alguien me amara, tenía que luchar por merecerlo.
Aprendí a no decir que no. A agradar. A moldearme según lo que los demás necesitaban de mí. Y en ese proceso me perdí a mí misma tan completamente que llegué a no saber qué me gustaba, qué no me gustaba, ni quién era yo en realidad.
Eso duró muchos años. Y lo cuento no para darte lástima — sino porque sé que tú también conoces esa sensación.
Hubo un momento en mi vida (el más difícil que he vivido) en que me encontré completamente sola conmigo misma. Sin poder esconderme. Sin poder complacer a nadie que me rescatara. Y ahí, en ese dolor, descubrí algo que cambió todo: tenía todo mi valor puesto en los ojos de los demás.
Siempre había estado esperando que alguien de afuera llegara a decirme que yo era suficiente. Pero nadie iba a venir. La única que podía hacer eso y llenar ese vacío era yo.
Aprender a hablarme de otra forma no fue rápido ni fácil. Pero fue lo único que realmente me salvó. No las frases motivacionales. No el «ámate más». Sino el trabajo real, profundo, de aprender a acompañarme a mí misma (con respeto, con ternura, con compasión) incluso cuando me equivoco. Incluso cuando no me caigo bien.
Hoy mi relación conmigo misma es completamente diferente. Me encanta estar conmigo. Veo la vida desde un lugar mucho más ligero. Y puedo conectar con los demás desde un lugar que antes no conocía.
Sigo en el proceso — esto es de por vida. Pero la diferencia es enorme. Y es lo que quiero para ti
Me llamo Mariana Ochoa. Soy mexicana, vivo en Francia, y llevo más de 15 años acompañando a personas a reconocer su mundo emocional, entender sus pensamientos y construir una relación más honesta y compasiva consigo mismas.
Me formé como psicóloga con especialidad en Enfoque Centrado en la Persona, una forma de trabajar basada en la escucha empática profunda y el respeto absoluto al ritmo de cada quien. Con los años añadí formación en neuropsicología, TCC, DBT, ACT y me certifiqué en RTT con Marisa Peer.
Hoy mi trabajo integra todo eso — pero siempre desde el mismo centro: el amor propio real. No el de las frases bonitas. El que se construye sesión a sesión, pensamiento a pensamiento, hasta que esa voz interior deja de destruirte y empieza a acompañarte.
Me apasionan las neurociencias, la autocompasión según Kristen Neff, y todo lo que tiene que ver con entender cómo funciona la mente humana para poder trabajar con ella, no contra ella.
Mi forma de trabajar tiene un ritmo propio. Al principio, me dedico a escucharte de verdad — sin juicios, sin prisa, sin agenda. Necesito entender tu mundo antes de proponer cualquier cosa.
Poco a poco, empezamos a despertar algo que muchas mujeres tienen dormido: la capacidad de observarse a una misma con curiosidad en lugar de con crítica. De reconocer las emociones, entender de dónde vienen, y ver cómo los pensamientos las alimentan o las calman.
Desde ahí vamos al núcleo: ¿qué te dices a ti misma? ¿De dónde viene esa voz? ¿Cuándo la aprendiste? ¿Qué pasaría si pudieras hablarle a esa parte tuya con un poco más de respeto?
El objetivo no es que te conviertas en otra persona. Es que puedas ser tú — completamente, sin disculparte — y desde ese lugar conectar con los demás de una forma que antes no era posible.
Trabajamos en línea, desde donde estés, en un espacio que es solo tuyo.
A lo largo de los años, he aprendido de muchas voces que me han sacudido por dentro. Aaron Beck me enseñó a ver los pensamientos como hipótesis, no como verdades. Marsha Linehan me mostró que la aceptación y el cambio no son opuestos. Edith Eger (superviviente del Holocausto y psicóloga) me demostró que el mayor prisionero es el que vive dentro de tu propia mente. Kristen Neff me dio el lenguaje para nombrar lo que yo ya sentía que era la clave: la autocompasión como práctica real, no como concepto.
Y Carl Rogers, siempre Rogers, que me recordó que la persona que tienes enfrente ya tiene dentro de sí todo lo que necesita para sanar. Tu trabajo es crear el espacio donde eso pueda ocurrir.
Eso es lo que intento hacer en cada sesión.
No tienes que estar en crisis para empezar. No tienes que haber tocado fondo. Solo tienes que estar cansada de ser tan dura contigo misma y querer intentar algo diferente.